México: Terrorismo de estado, capitalismo criminal y resistencias antisistémicas

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A medida que los pueblos oprimidos avanzan en su liberación, la cruel alianza entre el estado y el capital se va afianzando para exterminar aquellas semillas libertarias de rebeldía que vienen germinado y creando otros mundos posibles.

En las tierras mexicanas, para no irse muy lejos, el gobierno de Peña Nieto ha venido cometiendo innumerables masacres en contra de los corazones insurrectos que se resisten al olvido, la muerte y la impunidad. Ejemplo de ello fue la desaparición, hace más de un año, de 43 estudiantes de la escuela normal de Atyotzinapa en un proceso atroz de silenciamiento del pensamiento crítico, de persecución a proyectos educativos autónomos y de contención de la protesta social. Con ayuda de los narcos, el “paraestado” mexicano asesinó físicamente a decenas de jóvenes esperanza que intentaban transformar este sistema podrido desde su cotidianidad y desde su labor como docentes en formación.

Lo anterior, desde una perspectiva de larga duración, se enmarca en un proyecto de clase que intenta sostener los privilegios socio-económicos de las elites adineradas por medio del terror, el crimen y el miedo al tiempo que se va creando una infraestructura ideológicocultural de dominación persuasiva, donde los medios de desinformación al servicio del capital cumplen un rol fundamental; solo hay que ver las mentiras de las grandes cadenas de televisión como televisa o CNN.

En ese sentido, los diferentes gobiernos títeres del imperio y de la clase capitalista transnacional han venido reprimiendo fuertemente al movimiento popular, como se evidenció en la revolución mexicana de 1910, la masacre de tlatelolco en 1968 donde fueron asesinados cientos de estudiantes, la matanza de Corpus Christie en 1971, la guerra sin sentido contra los pueblos rebeldes en Chiapas desde 1994 y la arremetida policial contra los sindicatos de profesores en Oaxaca en 2006.

Sin embargo, y hablando del pasado reciente, este modelo de estado violento y autoritario va acompañado de un servilismo crónico neoliberal hacia las transnacionales y el poder político mundial donde se extraen recursos naturales al tiempo que se desplaza a las comunidades locales por medio de la represión más banal.

No es gratis que detrás de la desaparición de los normalistas estén los conglomerados económicos más fuertes esperando a que esos territorios rebeldes estén libres de cualquier colectividad que pueda detener el avance de la maquinaria minero-energética.

Afortunadamente, esas tierras milenarias mexicanas poseen una linda historia de combate, resistencia y rebeldía como se ha evidenciado en las luchas en contra de las reformas lesivas impulsadas por Peña Nieto a la educación, el medio ambiente y el trabajo. Lo anterior, le incomoda al establecimiento que intenta por todos los medios posibles frenar esa llamarada rebelde que ilumina la oscuridad y que da nuevas luces al cambio desde abajo y al fortalecimiento del movimiento popular.

En ese orden de ideas, queda la fiel esperanza de ver nuevos horizontes dentro del México combativo, heredero de las gestas revolucionarias impulsadas por Flores Magón y Emiliano Zapata, por el EZLN y la APPO, por las escuelas normales y el movimiento libertario.

Es hora de seguir apoyando los caracoles zapatistas, la lucha de los padres y madres de los normalistas desaparecidos, la digna rabia de campesinos y trabajadores, y la alegre rebeldía en las calles contra el extractivismo, el monocultivo, la dominación y la amnesia histórica.

No hay vuelta atrás, hay que continuar caminando por el sendero antiautoritario de la insurrección social, la autonomía, la liberación, el asamblearismo y la autogestión. En el marco de la lucha de clases más despiadada y esquizofrénica impulsada desde arriba por las clases dominantes, solo nos queda armarnos de valor, dignidad y resistencia desde abajo.

Es tiempo de mandar obedeciendo y de construir un mundo otro más humano y armónico con la madre tierra, de encender la mecha que destruya todos los vestigios del orden burgués y de construir un paisaje libertario basado en la diversidad, la democracia directa y el buen vivir.

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